Mamá se va a la guerra en el día mundial del cáncer de mama

irenefuerzatekemonIrene Aparici es una compañera de viaje en un proyecto común, que iniciamos hace ya unos meses con Mario Reyes. El proyecto en cuestión se llama Proyecto de vida sin excusas. Este proyecto, encabezado por Mario, me ha dado la oportunidad de conocer a Irene, una mujer luchadora y vital, una chica preciosa, que ha pasado por un encuentro con el cáncer de mama. Irene ha hecho lo que muchas mujeres que lo padecen, buscar la mejor alternativa médica para sanarse, recuperarse, y seguir con su vida normal. Pero, adicionalmente ha hecho un par de cosas más. Entre otras, ha descrito su trayectoria vital de la mano de esa enfermedad a la que ninguno de nosotros es inmune. Mi abuelo materno, por poner un ejemplo cercano, murió de cáncer. Él lo llamaba mamarro. Mi abuelo paterno también, aunque entonces yo era más pequeñito, y no tenía conciencia de esa enfermedad tan rara. Sigue leyendo

Pasando por aquí: la ayuda mutua

Érase un vez un ser humano que, al consultar en ella cómo solucionar un problema personal, descubrió con horror que su biblioteca era la de otro: nada encontraba de lo que antes creía poderle ser útil. Muy asustado, salió a la calle a pedir ayuda. Sin embargo, los tiempos estaban muy cambiados desde la última vez en que se había decidido a pedir tal cosa. Por todas partes, en los escaparates, en los postes callejeros de navegación web, en los quioscos analógicos de prensa y hasta en las manos y en los corazones de la personas había otra cosa: la llamaban «autoayuda». Cuando no se la regalaban, se la vendían a alto precio. Pero no era eso lo que necesitaba, no era eso, no era eso…

De pronto despertó y supo que había tenido una pesadilla. Estaba amaneciendo. Por la ventana vio la primera luz del alba: la angustia ensoñada de su alma se desvanecía mientras las lágrimas no llegaban a rebosar de sus ojos.

Un ángel muy severo que pasaba por allí se paró un rato junto al ángel guardián de nuestro ser humano. «Uno no puede hacerlo solo», le dijo el severo al guardián. «Ya empieza a darse cuenta. Ahora le echaré una alita». Y muy dulcemente susurró en el corazón del recién despertado: «…ooeeeé». Miraba éste la luz del nuevo día con una rara atención cuando un pensamiento de su infancia brilló fugaz en su entrecejo, como llamando: «mi ángel…». Luego, el bienguardado se volvió a dormir. A pesar de una innegable, objetiva y adultísima soledad, el sueño de nuestro ser humano fue dulce esa mañana. Y el ángel guardó como un tesoro peremne aquella luz tan bienmirada, porque los ángeles ¡necesitan tanto la luz de nuestra atención!¡Oé corazón!