Pasando por aquí: la ayuda mutua

Érase un vez un ser humano que, al consultar en ella cómo solucionar un problema personal, descubrió con horror que su biblioteca era la de otro: nada encontraba de lo que antes creía poderle ser útil. Muy asustado, salió a la calle a pedir ayuda. Sin embargo, los tiempos estaban muy cambiados desde la última vez en que se había decidido a pedir tal cosa. Por todas partes, en los escaparates, en los postes callejeros de navegación web, en los quioscos analógicos de prensa y hasta en las manos y en los corazones de la personas había otra cosa: la llamaban “autoayuda”. Cuando no se la regalaban, se la vendían a alto precio. Pero no era eso lo que necesitaba, no era eso, no era eso…

De pronto despertó y supo que había tenido una pesadilla. Estaba amaneciendo. Por la ventana vio la primera luz del alba: la angustia ensoñada de su alma se desvanecía mientras las lágrimas no llegaban a rebosar de sus ojos.

Un ángel muy severo que pasaba por allí se paró un rato junto al ángel guardián de nuestro ser humano. «Uno no puede hacerlo solo», le dijo el severo al guardián. «Ya empieza a darse cuenta. Ahora le echaré una alita». Y muy dulcemente susurró en el corazón del recién despertado: «…ooeeeé». Miraba éste la luz del nuevo día con una rara atención cuando un pensamiento de su infancia brilló fugaz en su entrecejo, como llamando: «mi ángel…». Luego, el bienguardado se volvió a dormir. A pesar de una innegable, objetiva y adultísima soledad, el sueño de nuestro ser humano fue dulce esa mañana. Y el ángel guardó como un tesoro peremne aquella luz tan bienmirada, porque los ángeles ¡necesitan tanto la luz de nuestra atención!¡Oé corazón!