yo también soy más tonto que un plato de habas

Hablo con Silvia por teléfono que me sorprende con una frase preciosa de despedida. «Dime algo». Le pregunto qué, y se ríe. «Dime algo, lo que quieras, si al final me conformo con bien poco. Si soy más tonta que un plato de habas».

Es el cierre de una conversación en la que hemos hablado de los problemas que tiene una amiga suya, Belén, en una relación que mantiene con Diego, su actual pareja, en la que se ha obsesionado con la limpieza, en la que le controla el qué y el cómo, y en la que él recibe estímulos que aparentemente no le hacen caminar en la dirección correcta, al menos en términos del desarrollo de la relación.

Es el cierre de una conversación en la que me cuenta que en un tiempo ella también fue super-híper-requete-perfeccionista con la limpieza y el orden, un tiempo en el que estaba también muy sumida en la melancolía, en la tristeza, en el pesar. Un tiempo en el que no entendía los comentarios de su hermano que le animaba a no escuchar música que le pusiera más depre.

Hoy Silvia está viviendo un proceso en el que se permite mucho más jugar, reír, ver series tontas, escuchar música alegre, en el que ha empezado a practicar padel con una amiga, en el que se da sus regalos, sus paseos para desconectar del trabajo, ya que es autónoma y trabaja desde casa colgada todo el día al teléfono y a internet.

Cuelgo el teléfono, tras bromear nuevamente sobre mis honorarios, «ya sabes que cobro por resultados», acabo de fregar los platos del desayuno, y me acuerdo de una sonrisa preciosa, la de mi hijo Gorka, que no es especialmente pródiga, pero sí que es fenomenal, una sonrisa enorme, plena, que ilumina la estancia en la que se da, y me cuelgo a mi ordenador, a ese monstruo que devora horas y horas, algunas productivas, otras no tanto, y me pincho a una sonrisa y a un sentimiento agradable, algo así como el calorcito interior.

Pienso en lo bonito que es vivir en el sí, en la sonrisa, en la alegría de lo pequeñito, en la celebración, en el asombro, en los detalles.

Se me juntan los detalles y la figura de Diego, y me acuerdo de hace ya un tiempo, ¿son 20 años ya?, un comentario de mi hermana, que le comenta a mi madre de vuelta a casa tras una visita que me hizo en Barcelona, en mi primer trabajo, que no es que Mikel sea sucio, «es que no ve el polvo».

Me sonrío con la mirada en el retrovisor de mi vida, ahora que he aprendido a barrer, a lavar y a planchar, a cocinar y a lavar, ánimo, Diego, que se puede, y entiendo que hay detalles, como el polvo, que es mejor no mirar, y que hay otros, qué razón tienes, Silvia, que no hay que dejar pasar. Unos nos llenan la mochila del no. Otros nos calientan el corazón.

Sigo sonriendo, más tonto que un plato de habas, y pienso en la próxima llamada de teléfono, la siguiente oferta con plastilina, la siguiente sonrisa inalámbrica o en papel.

Silvia, Belén, Diego, Susana, Gorka, qué bueno que estáis en mi vida. Qué bonito es compartir.

solmon   Así lo vimos…

y así lo oímos … con Maná

y apareciste con tu luz, no, no me abandones, no, nunca mi amor, gloria de los dos, tú eres mi sol, tú eres mi todo, todo, todo, tú eres bendición, …

… porque enseñamos a contar cuentos, otros más formales lo llaman story telling, con recursos varios, también con videos de Maná.

Porque somos lo que oímos, lo que comemos, lo que bebemos, lo que leemos, lo que pensamos y sentimos, y las historias que contamos, con polvo o sin polvo, tú eliges.

1 comentario en “yo también soy más tonto que un plato de habas

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